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Historia · Septiembre 2026

42K de ácido láctico: lo que aprendí corriendo el maratón de Berlín

Recostado en el sofá de un hotel en Santa Cruz de Bolivia, horas después de un aterrizaje de emergencia, mi memoria lanzó como flechazo a la retina una imagen: mis piernas cruzando la Puerta de Brandeburgo al terminar el maratón de Berlín. En ese minuto no había entendido el real sentido de esa carrera. En la reflexión posterior al aterrizaje empezó a cobrarlo.

El «medio sí»

Era septiembre de 2007 cuando Sebastián Quirmbach, un joven alemán de 1,90 de estatura a quien acababa de conocer pocos días antes, se presentó en la puerta de mi departamento en Valencia. Con calcetas hasta las rodillas, ropa de correr sin combinar, cincuenta palabras de español, inglés perfecto, un plan para correr, un plan para la motivación, un plan para la alimentación y un plan por si fallaba el plan.

Días antes me había preguntado si me gustaría correr un maratón. Y yo le había contestado con un «medio sí». Ese que en nuestra dimensión latina significa «estás loco, claro que no, pero no me atrevo a decírtelo, entonces te digo sí con voz tenue y solo para que no te sientas mal y lo entiendas como un: no, gracias».

Para ellos no funciona así. Si quieren algo, dicen sí, fuerte o despacio, da igual, siempre significa lo mismo. Si no lo quieren, dicen no, alto y claro. Nosotros, en cambio, jugamos con matices y códigos indirectos que son un idioma totalmente oculto al oído. Eso sí: una vez que estamos embarcados en un proyecto vamos hasta el final, sobre todo con tal de no quedar mal con nadie. Así que, haciendo honor a mis bases antropológicas latinas, no me quedó más remedio que transformar mi «medio sí» en un sí, y mi «creo que mañana temprano» en las 6:00 de la mañana del día siguiente. Mi primer día entrenando para el maratón de Berlín.

Felipe Bozzo en el maratón de Berlín
Berlín. Cuatro horas respirando historia, amistad y nostalgia.

Llegar a la hora

Avanzaban las jornadas y él siempre llegaba al parque antes que yo. Si llegaba tarde, ya estaba ahí; si llegaba a la hora, ya estaba ahí; y si llegaba antes de la hora, también estaba ahí. Quería explicarle que, como signo de amistad y confianza, debería relajarse y llegar unos minutos más tarde. Pero intuí que para él debía significar justo lo contrario. Así que mejor ajusté mi comportamiento y me esforcé por llegar a la hora.

Ese detalle, que parece de manual de choque cultural, es en realidad una lección de liderazgo que después he visto repetirse en directorios y familias: el mismo gesto significa cosas opuestas según quién lo mire. Para mí, llegar tarde era confianza. Para él, era falta de respeto. Ninguno de los dos estaba equivocado en su propio código. Lo que estaba en juego era si alguno se tomaba el trabajo de traducir.

Lo que fluye con el ácido láctico

Al cabo de algunos días se alargaron los entrenamientos, que a esa altura ya eran por la noche, porque para él como para mí las mañanas fueron un tormento. Y junto al ácido láctico comenzó a fluir el diálogo sincero y profundo, sin defensas, sin corazas, con humor, sonrisas y empatía del alma.

Comencé a comprender que su generación arrastraba injustamente culpas por haber sido los malos del siglo XX. Injustas, porque esas culpas no eran de ellos, sino de todos nosotros como especie humana. Pero con la culpa habían extirpado cualquier indicio de superioridad, nacionalismo o excesivo amor por lo propio, y habían dicho «nosotros nunca más». En mi país también teníamos nuestro «nunca más», aunque creo que aún no habíamos desarrollado tanta claridad del mal causado como para evitar que se repitan las causas que nos llevaron al abismo moral.

Con los últimos pasos de trote por las noches de entrenamiento, entendimos lo infértil y transitorio del esfuerzo por aplacar lo peor de nuestra naturaleza, que siempre, de una u otra manera, se las ingenia para salir a la luz. Indagamos acerca de los miedos y el coraje, la desilusión y las utopías rotas, la esencia del liderazgo y los riesgos de seguir sin cuestionar la vida, la muerte, la historia de nuestros países.

El día

Y así entró la noche y perdimos la noción del tiempo. Sin darnos cuenta estábamos en Berlín, cruzando el este y el oeste, desde nuestros mundos opuestos perfectamente alineados, respirando durante cuatro horas historia, amistad y nostalgia.

Hay días en la vida que nunca deberían terminar. El 28 de septiembre de 2008 fue uno de esos días.

Sebastián se convirtió después en mi socio en LeaderBuilding, nuestra primera empresa de liderazgo, y en uno de los amigos que más marcaron mi forma de pensar. Con él aprendí que las conversaciones importantes rara vez ocurren en una sala de reuniones. Ocurren cuando dos personas se cansan juntas, bajan las defensas y dejan de traducir con miedo. Eso vale para un maratón, para un equipo y para una familia empresaria que lleva años sin decirse lo que importa.

Si alguien le pregunta hoy si quiere correr un maratón, y usted contesta con un medio sí, sepa que hay una versión de esa historia en la que termina cruzando una puerta que no sabía que existía.

Felipe Bozzo Smith

Este texto es parte del libro «Aterrizaje de Emergencia». Está disponible en Amazon, en papel y Kindle.

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